El otro día, mientras me realizaban una entrevista, y sobre todo después, reflexionaba sobre esto. Entre preguntas acerca del cortometraje y la COVID, mi atención y mi mente focalizaban en sus ojos, y divagaban. No era difícil en absoluto leer la hermosa mirada de mi interrogadora, obligada a tapar su rostro con la mascarilla. Caí en la cuenta de que en ella había inflexiones como en la voz, matices y cambios de tono.

Casi inconscientemente y como sumido en un trance, continué la observación durante mi viaje de regreso en el Metro. Saltaba de unos ojos a otros, cual una especie de cata de (vinos) miradas. En mi vampirismo visual pude apreciar que esbozaban sonrisas con más claridad que una boca, o que se podían ruborizar con mayor intensidad que unas mejillas. Brillaban o palidecían. Podrían henchirse de admiración, orgullo o del odio más intenso. En definitiva, hablaban, decían todo.

Estas divagaciones no deberían interpretarse como ningún tipo de defensa progre de la mascarilla, con esa manipulación buenista y demagoga que acostumbran. Sería tan pueril como pensar que enaltezco la ceguera solo por hacer notar que quien la padece descubre el poder de los  sonidos. No van por ahí los tiros.  

Pero el poder de la mirada no es solo comunicativo. Es también narrativo. Y estético. Y sexual. Cuando en el Islam ocultan todo en una mujer excepto su mirada, sin saberlo no solo están potenciándola. Están transfiriendo todo el encanto, la atracción, la seducción. —De nuevo, aclaración para “ofendiditos”: esto no va de islamofobia ni tampoco de defender su machismo—.  El velo, y la mascarilla, son pues, y en el fondo, los forjadores de la más potente sinécdoque. De esto se trata.

Y en el cine —en el buen cine, digo— esta sinécdoque de la mirada es el recurso más poderoso, expresivo y elegante. Es por esto que prefiero el cine mudo, y cuasi-mudo, al puramente sonoro. Con “mudo” no lo digo de una manera absoluta o restringida. Chaplin, Kubrick, Hitchcock o Lean —incluso Scott o Nolan—, aunque incluyen algunos diálogos, tienen una narrativa más cercana al cine mudo que al estrictamente sonoro. Y en el mudo, el recurso número uno es la mirada. Quién no ha oído hablar de la “mirada de la locura” de Kubrick, o no se ha deleitado con aquellas miradas llenas de divinidad del star-system, cuando la Garbo y la edad dorada. El mismo Spielberg representa la infancia únicamente a través de un acercamiento mágico a la mirada de algún niño —más o menos repelente—. De nuevo, la sinécdoque. Porque ahí está todo. Y también porque establece un paralelismo con la nuestra, la de los espectadores, los voyeurs; y una interrelación entre ambas. Casi como un soterrado recurso de metaficción.

Termino estas elucubraciones mientras le doy un trago a mi tereré en estos últimos días de calor. Y confirmo que mis mejores cortos son prácticamente mudos, sobre todo Mbyja rapégüyto (Map to the stars).

Como detalle final, en mi nueva obra, uno de mis momentos favoritos es aquel en el que la chica árabe no lleva físicamente velo, pero el juego de luces y sombras de la ventana proyecta penumbra en la respectiva zona, dejando expuestos únicamente sus ojos a la luz directa. Mientras, un demonio la vampiriza visualmente, representado como un único ojo entre las tablas de la pared.

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